Como castillo de naipes

Cuando digo que no me gusta la televisión no es más que una simplificación para decir que no me gustan la mayor parte de los contenidos que se emiten por televisión. Sé que pocas producciones en el terreno del entretenimiento pueden llegar a la calidad de The Wire, pero tampoco lo pido. Por eso me gusta ver Castle.

En los últimos dos o tres años he disfrutado con Breaking BadSherlock, Black Mirror, Juego de Tronos o True Detective. A quienes nos gusta el cine, las series de televisión han venido a llenar un hueco importante debido, en parte, a la calidad de las producciones para pantalla grande (aunque si quien dice esto es el Ministro de Economía y Hacienda, se monta un cierto revuelo). Y a pesar de ello, no siempre las vemos ni en el aparato ni en la plataforma para las que fueron creadas.

Existe una gran oferta de páginas web para la descarga de estos contenidos mediante protocolos P2P y otra no menor para su visualización on-line. No quiero entrar a valorar esta oferta, su legalidad, ilegalidad o alegalidad. Prefiero quedarme con la reflexión de que el consumidor no pagará por un contenido si lo tiene a su disposición de forma gratuita y no se le ofrece ningún beneficio extra incluido en el precio. Y, segunda reflexión, seguramente no tenga interés en consumir estos contenidos siempre en el aparato que llamamos televisor, sino que pueda querer consumirlos en el ordenador, tableta o teléfono móvil.

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Sería muy presuntuoso pensar que la industria del entretenimiento, entre ellas las televisiones de cable, satélite o cualquier otra forma de televisión de pago, no han llevado a cabo estas mismas reflexiones. Pero quien mejor parece haberlas afrontado es Netflix una empresa que en sus orígenes se dedicó a la distribución de contenidos como videoclub. Sus servicios incluían la posibilidad de ver vídeo bajo demanda por streaming o bien recibir por correo postal un disco con la película solicitada, con una modalidad de pago de suscripción mensual.

El modelo de negocio basado en el formato físico es, actualmente, residual para la compañía y se ha centrado en el modelo on-line. Ofrece sus servicios de streaming en EEUU y Canadá, América Latina y alrededor de una docena de países en Europa. España no está entre ellos, donde lo más parecido que tenemos sería Yomvi, de Canal+. Entre los dispositivos compatibles con Netflix se encuentran  set-top-box, reproductores de Blu-Ray, SmartTV, videoconsolas de salón y portátiles, el reproductor Chromecast de Google, tabletas y teléfonos móviles con los sistemas iOS, Android y Windows Phone y ordenadores, portátiles y de sobremesa, con sistemas operativos ChromeOS, OS X y Windows.

Pero Netflix no se ha quedado solo en la distribución, sino que también ha entrado en el negocio de las productoras de contenidos. Su producción más conocida seguramente sea House of Cards, una muy buena serie protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright (ganó el Globo de Oro de 2013 a mejor actriz en drama televisivo) que narra las luchas por el poder en la trastienda de la Casa Blanca, aunque tampoco hay que olvidar la película documental The Square, nominada para los Premios Oscar este año.

Desde el punto de vista del espectador, la posibilidad de ver una serie en cualquier momento, en cualquier lugar, desde cualquier dispositivo, sin los rigores de una programación horaria y pudiendo ver más de un capítulo seguido sin esperar una semana para la siguiente entrega, resulta altamente tentador. En realidad, es lo que ahora mismo hacemos con las páginas de enlaces P2P y visualización on-line que decíamos antes. Pero bajo un modelo de pago por suscripción en el que converge la televisión, el cine e Internet, un modelo que está mostrando ser rentable

Y aquí habría que hablar también del acuerdo entre Netflix y Comcast para la distribución de contenidos, en especial los producidos por Netflix, pero lo dejaremos para otra entrada.

Metáfora en digital

Desde que J. L. Austin formulara su Teoría de los actos del habla, se entiende que las formas de hablar son formas de hacer. Los enunciados constatativos, aquellos que describen el estado de las cuestiones y pueden ser evaluados en términos de ciertos o falsos, también se pueden entender como enunciados realizativos aunque de forma implícita no presenten performatividad. Intentar describir así el mundo no es sino otra forma de crearlo.

Ese acto de hacer, de crear, mediante el lenguaje, podrá resultar adecuado o inadecuado, pero no verdadero o falso. Y en este contexto, la metáfora, esa figura retórica que consiste en describir, calificar, en dar nombre, a un término real mediante uno imaginario debido a su semejanza, cuando la aplicamos sobre términos de naturaleza diferente, resulta altamente peligroso.

Versión Beto :: Selfies, metáfora de la revolución digital

Todos nos movemos en el mundo de las metáforas, las utilizamos constantemente y nos sentimos más o menos cómodos con ellas. La publicidad, por ejemplo, la utiliza profusamente; pero su mensaje intenta seducirnos más que informarnos. Y eso, como ciudadanos, nos hace vulnerables; más todavía cuando nuestra competencia mediática es más bien anecdótica.

Con el lenguaje utilizado para el mundo digital pasa algo parecido. El mismo Marc Prensky ha rechazado sus metáforas de nativos e inmigrantes digitales para hablar de sabiduría digital, que estaría en consonancia con las alfabetizaciones y competencias digital y mediática (por cierto, ya son más de 5 años que el Síndic de Greuges instara al Departament d’Educació de Catalunya para introducir una educación audiovisual en el currículo recibiendo como respuesta que ya se “impartía de forma transversal”). Gran parte de la cultura heradada de los años 80 y 90 del siglo pasado fue profusa en este tipo de metáforas y muchas siguen perviviendo entre nosotros. Así, hablamos de “tiempo real” para hacer referencia a los sistemas que proporcionan una salida determinada para una entrada dada en un tiempo conocido; es decir, que son predictibles. En el mundo físico la norma son los sistemas complejos y muchos de ellos basados en problemas no deterministas. Pero la expresión “tiempo real” se utiliza a un nivel más popular ni siquiera en el mismo sentido que la metáfora original, sino para hacer referencia a la instantaneidad en la transmisión de un mensaje.

El problema de aquellas metáforas es que partían de lo textual para explicar algo de diferente naturaleza, algo que es audiovisual, multimedia, multiformato… Pero calaron, y siguen calando, porque apelaban más a los sentimientos que al conocimiento, reduciendo así nuestra capacidad de (re)acción, de (re)creación. Y esa no es la forma de ser digitales sino más bien una aproximación a la falsa apariencia de poseer lo digital.

Nicholas Negroponte escribía en su libro Being digital en 1995 que

La mejor manera de apreciar los méritos y las consecuencias de ser digital es reflexionar sobre la diferencia que existe entre bits y átomos.

El mundo digital no explica nuevas formas del ser humano sino más bien lo redefine, explorando un nuevo humanismo. Y en este humanismo no pueden ir separados los ingenieros de los humanistas. Chris Anderson explicó cómo Google se había conquistado el sector publicitario sin más que aplicar análisis matemáticos, sin entrar a valorar ni la cultura ni la psicología ni los convencionalismos publicitarios, anunciando The Big Data Age y aquel momento sirvió para que muchos se dieran cuenta de este hecho. En la era de los grandes volúmenes de datos el anumerismo y el analfabetismo digital son los mejores datos de cultivo para las pseudociencias como algunos siglos antes lo fue analfabetismo.

Never forget to judge after you know, released under a CC-BY 3.0 License by MissPsycopath @ deviantART

Muchas de estas pseudociencias vuelven a apelar más al sentimiento que al conocimiento. Como cuando hace unos 8 años el Maestro Internacional de ajedrez David Levy enunció que en 2050 nos podríamos casar con robots y que hace casi 3 años que deberíamos estar teniendo sexo con ellos. Personalmente, no me gusta hacer pronósticos porque tiendo a equivocarme las más de las veces.

La inteligencia artificial es uno de esos campos donde más se suele producir este tipo de prácticas, a mitad camino entre el mito de Pigmalión y el de Prometeo, al tiempo que nos reímos de los “fallos garrafales” de Google Translator. Esperemos, por el camino, no encontrarnos con Pandora. La realidad, a día de hoy, es que lingüistas como John Searle y matemáticos como Roger Penrose afirman que la conciencia humana no puede ser modelada mediante ninguna Máquina de Turing (por no ser algorítmica, y por tanto no se puede programar mediante ningún computador digital).

Epílogo

Conversación con Siri en un iPhone 5s
Fotografía de Adolfo Plasencia

Hace unos días a Adolfo se le ocurrió preguntarle a Siri, ¿eres un robot?. De la respuesta, me queda la duda de si arbitrario hace referencia a injusto, infundado o caprichoso o bien a convencional, acordado por asentimiento general. Siri, por si alguien no sabe de qué se trata, es un asistente personal incluido en iOS con ciertas características de aprendizaje automático; pensando sobre quien (o qué) hay detrás del sistema, resulta difícil que no venga a la memoria algo que Alvy explicaba pocos meses atrás en Microsiervos sobre los autómatas IVR aplicados en el telemárketing.

Es demencial, disparatado, incomprensible llegar a pensar que Siri tenga conciencia de sí mismo. Cualquier metáfora que intentemos aplicar para explicar el sistema caerá en una forma de falacia cibernética.

Esta entrada también ha sido publicada en el blog Sistemas informáticos para el aprendizaje ubicuo.

Dos casos de narrativas, videoclip y spot

Primer caso

La primera vez que oí (más bien creo que leí) hablar de Is Tropical fue la reseña del vídeo The Greeks que hicieron en RDL. El vídeo se volvió viral rápidamente y no parece necesario explicar la razón.

Un par de años después la volvieron a liar con el vídeo de Dancing Anymore, que fue retirado de YouTube en cuestión de horas. Ambos vídeos compartían premisas pero en el segundo se aprecia una narrativa mucho más elaborada. La reseña de RDL invitaba esta vez a una reflexión sobre la era digital.

El objeto de fantasía sexual adolescente ya no reside en la imagen de la carne, en el porno de papel cuché, cintas VHS, DVDs o vídeos de internet. Aquí se habla del poder de la imaginación pura y dura mezclada con el bit, el render y el modelado digital, los rasgos y las formas imposibles. La irrealidad sin límites, desde el porno barato hasta los videojuegos ultratecnificados, aplastando la imagen real hasta la desconexión. Luego, claro, la vuelta a la realidad no supone más que tedio.

El tema Dancing Anymore es el que ha servido de base para el spot publicitario de la edición de este año del SOS4.8 y que hemos podido ver en nuestras televisiones los últimos meses. Por cierto, en este festival ha participado Henri Jenkins en una mesa redonda y en una conferencia en streaming directo.

Segundo caso

Casa Tarradellas ha presentado una nueva campaña publicitaria bajo el nombre #elfindesemanaestuyo y una narrativa muy cuidada. El spot utilizado, de tres minutos de duración, no he tenido todavía la oportunidad de verlo en ningún bloque publicitario de televisión. Pero la cuestión no es esa… un bloque de tres minutos no está pensado para emitir directamente en TV, sino en otros canales; de hecho, las estadísticas de YouTube muestran algo más de 500.000 reproducciones desde que fue publicado hace unos 20 días.

El mensaje que se quiere transmitir es amable, dentro de lo políticamente correcto, pudiendo así llegar a una audiencia más amplia. Quizá sea esa la razón por la que la música que acompaña el spot esté cuidadosamente ecualizada, reduciendo la línea de bajos y los elementos distorsionantes, convirtiendo At Home, de Crystal Fighters, en un tema mucho más pop de lo que en realidad es. Por cierto, en el canal oficial de la banda en YouTube, el vídeo ha sido reproducido casi 2.000.000 de veces. Más acorde con el storytelling del anuncio de Tarradellas.

Apuntes a vuelapluma (rápidos y sucios)

En el tema de la publicidad, pocos aspectos hay que no estén estudiados en profundidad o dejados al azar. La elección del tema musical del spot menos que nada; y la asociación que la audiencia hace del tema muchas veces trasciende al propio anuncio (¿alguien se acuerda de qué anunciaba la “canción del silbido” que utilizó Cuatro en una promo hace unos siete años?)

La intención de Casa Tarradellas de crear una narrativa transmedia a partir de un anuncio extendido (¡¡¡tres minutazos!!!) de televisión está clara. La audiencia que tiene que interaccionar con ese anuncio también, a pesar de estar dirigido a un target bastante amplio. La convergencia se realiza entorno al usuario y la televisión. ¿Cuánta parte de la audiencia es capaz de reconocer el tema musical?

Is Tropical ha sido una de las bandas participantes del SOS4.8 de este año, actuando tanto en la zona VIP como en escenario con acceso a todo el público. Tal vez no fueran los cabezas de cartel principales y sin embargo un tema suyo, de amplia polémica, ha sido el elegido para el spot. ¿Cuánta parte de la audiencia a la que estaba dirigido sí era capaz de identificar el tema? Lo curioso de Dancing Anymore es que resulta complicado localizar el vídeo, así es que todas las reproducciones que pueda tener han sido desde búsquedas intencionadas, ¿sabiendo perfectamente lo que se buscaba? En este caso, la convergencia de la información se vuelve a realizar en la audiencia y aunque la televisión siga siendo central, se fía a Internet una gran parte.

Llevo unos minutos fantaseando cómo sería esta entrada si el tema musical de base elegido por Casa Tarradellas hubiera sido Dancing Anymore. ¿A alguien le molesta la idea? ¿Qué narrativa podría sugerir?