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Metáfora en digital

Desde que J. L. Austin formulara su Teoría de los actos del habla, se entiende que las formas de hablar son formas de hacer. Los enunciados constatativos, aquellos que describen el estado de las cuestiones y pueden ser evaluados en términos de ciertos o falsos, también se pueden entender como enunciados realizativos aunque de forma implícita no presenten performatividad. Intentar describir así el mundo no es sino otra forma de crearlo.

Ese acto de hacer, de crear, mediante el lenguaje, podrá resultar adecuado o inadecuado, pero no verdadero o falso. Y en este contexto, la metáfora, esa figura retórica que consiste en describir, calificar, en dar nombre, a un término real mediante uno imaginario debido a su semejanza, cuando la aplicamos sobre términos de naturaleza diferente, resulta altamente peligroso.

Versión Beto :: Selfies, metáfora de la revolución digital

Todos nos movemos en el mundo de las metáforas, las utilizamos constantemente y nos sentimos más o menos cómodos con ellas. La publicidad, por ejemplo, la utiliza profusamente; pero su mensaje intenta seducirnos más que informarnos. Y eso, como ciudadanos, nos hace vulnerables; más todavía cuando nuestra competencia mediática es más bien anecdótica.

Con el lenguaje utilizado para el mundo digital pasa algo parecido. El mismo Marc Prensky ha rechazado sus metáforas de nativos e inmigrantes digitales para hablar de sabiduría digital, que estaría en consonancia con las alfabetizaciones y competencias digital y mediática (por cierto, ya son más de 5 años que el Síndic de Greuges instara al Departament d’Educació de Catalunya para introducir una educación audiovisual en el currículo recibiendo como respuesta que ya se “impartía de forma transversal”). Gran parte de la cultura heradada de los años 80 y 90 del siglo pasado fue profusa en este tipo de metáforas y muchas siguen perviviendo entre nosotros. Así, hablamos de “tiempo real” para hacer referencia a los sistemas que proporcionan una salida determinada para una entrada dada en un tiempo conocido; es decir, que son predictibles. En el mundo físico la norma son los sistemas complejos y muchos de ellos basados en problemas no deterministas. Pero la expresión “tiempo real” se utiliza a un nivel más popular ni siquiera en el mismo sentido que la metáfora original, sino para hacer referencia a la instantaneidad en la transmisión de un mensaje.

El problema de aquellas metáforas es que partían de lo textual para explicar algo de diferente naturaleza, algo que es audiovisual, multimedia, multiformato… Pero calaron, y siguen calando, porque apelaban más a los sentimientos que al conocimiento, reduciendo así nuestra capacidad de (re)acción, de (re)creación. Y esa no es la forma de ser digitales sino más bien una aproximación a la falsa apariencia de poseer lo digital.

Nicholas Negroponte escribía en su libro Being digital en 1995 que

La mejor manera de apreciar los méritos y las consecuencias de ser digital es reflexionar sobre la diferencia que existe entre bits y átomos.

El mundo digital no explica nuevas formas del ser humano sino más bien lo redefine, explorando un nuevo humanismo. Y en este humanismo no pueden ir separados los ingenieros de los humanistas. Chris Anderson explicó cómo Google se había conquistado el sector publicitario sin más que aplicar análisis matemáticos, sin entrar a valorar ni la cultura ni la psicología ni los convencionalismos publicitarios, anunciando The Big Data Age y aquel momento sirvió para que muchos se dieran cuenta de este hecho. En la era de los grandes volúmenes de datos el anumerismo y el analfabetismo digital son los mejores datos de cultivo para las pseudociencias como algunos siglos antes lo fue analfabetismo.

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Muchas de estas pseudociencias vuelven a apelar más al sentimiento que al conocimiento. Como cuando hace unos 8 años el Maestro Internacional de ajedrez David Levy enunció que en 2050 nos podríamos casar con robots y que hace casi 3 años que deberíamos estar teniendo sexo con ellos. Personalmente, no me gusta hacer pronósticos porque tiendo a equivocarme las más de las veces.

La inteligencia artificial es uno de esos campos donde más se suele producir este tipo de prácticas, a mitad camino entre el mito de Pigmalión y el de Prometeo, al tiempo que nos reímos de los “fallos garrafales” de Google Translator. Esperemos, por el camino, no encontrarnos con Pandora. La realidad, a día de hoy, es que lingüistas como John Searle y matemáticos como Roger Penrose afirman que la conciencia humana no puede ser modelada mediante ninguna Máquina de Turing (por no ser algorítmica, y por tanto no se puede programar mediante ningún computador digital).

Epílogo

Conversación con Siri en un iPhone 5s
Fotografía de Adolfo Plasencia

Hace unos días a Adolfo se le ocurrió preguntarle a Siri, ¿eres un robot?. De la respuesta, me queda la duda de si arbitrario hace referencia a injusto, infundado o caprichoso o bien a convencional, acordado por asentimiento general. Siri, por si alguien no sabe de qué se trata, es un asistente personal incluido en iOS con ciertas características de aprendizaje automático; pensando sobre quien (o qué) hay detrás del sistema, resulta difícil que no venga a la memoria algo que Alvy explicaba pocos meses atrás en Microsiervos sobre los autómatas IVR aplicados en el telemárketing.

Es demencial, disparatado, incomprensible llegar a pensar que Siri tenga conciencia de sí mismo. Cualquier metáfora que intentemos aplicar para explicar el sistema caerá en una forma de falacia cibernética.

Esta entrada también ha sido publicada en el blog Sistemas informáticos para el aprendizaje ubicuo.

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